Mi terraza

Hoy he vuelto a salir a mi terraza, bueno, la de casa de mis padres. La verdad es que hace muchos años que no salgo aquí sino lo justo. Años en que no he salido aquí a sentarme y disfrutar de un refresco al aire más o menos contaminado y más o menos fresco de mi terraza.

Hoy he vuelto, y he encontrado en ella al niño que fui y ya no volveré a ser, al niño que imaginaba y soñaba con un horizonte y un patrón mucho más amplio.

Antes no había macetas. Ni azulejos, ni la terraza estaba cargada de este frío y mortecino polvo gris que la asemeja más a un desván de trastos viejos. A lo largo y ancho de esta terraza se han producido cruentos combates, asesinatos y reencuentros, se han vivido historias de amor, de celos y de ambiciones, han vivido familias enteras, ha habido persecuciones y accidentes, han rodado coches, han volado aviones, han navegado barcos y ¡qué se yo! todo lo que mi imaginación ha sido capaz de crear entre estos ladrillos y estos barrotes.

De pequeño, era mi juego favorito: crear historias. Y no solo crearlas, sino vivirlas. Como si de una obra de teatro o una película se tratase, al principio distribuía bien los personajes y los distintos escenarios en que se desenvolverían. Los “clicks” harían de hombres, mujeres, héroes y heroínas. El poyete de la ventana podría ser la casa del rey, o un hospital, o la comisaría. La mesa sería la casa de ella, la mansión de los ricos o el parque de bomberos. Las celdillas que formaban los barrotes al lado de la puerta solían ser apartamentos o ,¿por qué no?, las celdas de una cárcel. ¿Y la parte baja de la mesa? Sin duda, una gruta o una cueva de forajidos. El largo de la terraza sería una autopista (donde el chico vence al malo tras perseguirlo y por fin besa a la chica). La barandilla serían las montañas (¡menudo acantilado!) y el fondo de la terraza sería la guarida del villano. Antes de empezar había que dejar bien fijados los personajes y las relaciones entre cada uno de ellos. Normalmente jugaba yo solo. ¡Yo era amo y señor de las vidas y sentimientos de tantos personajes! Si algún amigo mío jugaba conmigo poco variaba la cosa. Yo le daba instrucciones sobre cómo era y cómo debía actuar cada personaje, y siempre el final era el que yo ideaba.

¡Cuántas tardes pasé así en mi terraza! Siendo Dios, jugando a ser Dios, que decidía quién moría y quién vivía. Fui feliz.
Juro
que fui feliz
Fui feliz. Juro que fui feliz. Era mi juego favorito.

Un poco más mayor me seguía gustando venir a la terraza. En las noches de verano, cuando el curso llegaba a su fin, era algo que me fascinaba, y me relajaba, y me daba paz, toda la paz que necesitaba entonces un adolescente de 13 años.

Me sentaba en uno de los dos floridos sillones reclinables (¡maldita la hora en que nos desembarazamos de ellos!) y así, tumbado, miraba el cielo mientras una suave brisa acariciaba mi cara. Así disfruté de uno de los regalos más placenteros e ilusionantes que recuerdo. Le pedí a mi padre un cassette-radio con auriculares (entonces la palabra “walkman” era más bien desconocida) y recuerdo perfectamente la tarde en que me lo trajo.

Para ser un walkman, era enorme y obsoleto. La verdad es que no era muy bueno, pero me cuesta recordar un regalo que me hiciera tan feliz. Porque fue un regalo inesperado, porque mi padre había ido él a comprarlo, y porque hay regalos en los que hay tanto cariño encima que ni el regalo se ve.

¡Cuántas horas pasé recostado en el sillón de la terraza disfrutando de mi regalo! En la oscuridad de la noche y con el frescor de una brisilla de verano.

Esas noches claras y estrelladas de Junio eran maravillosas. Entonces vivíamos juntos toda la familia. Ninguno de mis hermanos se había casado aún. Las noches de Junio eran noches en que las ventanas estaban abiertas de par en par, así como la puerta de la terraza.

Mis hermanos se apoyaban en la ventana o en la barandilla de la terraza mientras mis padres tomaban algún refresco (recuerdo el bitter-kas, sí, ese vaso rojo granate que no faltaba en esas frescas noches de verano). La gente entraba y salía del salón a la terraza , aún puedo verlos, con sus camisetas y sus vestidos de tirantes, con sus abanicos y pai-pais. Así seguimos el mundial de México. Con estampidas desde la terraza hasta el salón cuando oíamos el grito de “gol” de nuestros vecinos (o de nuestro propio padre desde el salón). Fui feliz. Juro que fui feliz.

Y aunque hoy soy capaz de sentir el mismo frescor de mi terraza al caer la noche, y de ver cómo algunos murciélagos siguen dando vueltas frente a ella como antaño… echo de menos a mis hermanos, a su juventud y a mi niñez que voló tan rápidamente. Y echo de menos nuestras risas y peleas de una noche de verano.

Tú también has cambiado, terraza. También han pasado los años para ti. Ya nada es lo mismo. Salvo la brisa de verano, que no ha cambiado, y las estrellas y los murciélagos, que siguen volando como atontados. Cuando pasan los años nunca se van de vacío. Siempre se llevan lo mejor de nuestras vidas, aunque dejen una estrella en el cielo que nos recuerde que siempre estuvo ahí. Como nuestros recuerdos maravillosos. Uno por cada estrella que puedas ver.

Sí, uno por cada estrella.

12 de septiembre de 2006  Recuerdos