Cuentos desde La Magdalena (I): Olvido

SUBIÓ POR FIN A LO MÁS ALTO de la torre del palacio. El esfuerzo le había fatigado pero el viento fresco y húmedo le azotó la cara como en un despertar. Dirigió sus ojos hacia la playa de El Sardinero y la encontró tal y como siempre la había imaginado desde pequeño: totalmente distinta a las playas del sur que tanto amaba, pero metálica y apacible como un amanecer en verano. El corazón seguía latiéndole con fuerza, a pesar de haber pasado ya unos minutos desde la subida por las escaleras. Abajo, enfrente de la entrada, vio a sus amigos que le estaban saludando con la mano. Parecían decirle algo, pero sus voces ya no llegaban hasta donde él estaba y tampoco pareció importarle mucho. Respiró hondo. Varias veces. El aire era ahora más intenso…

Por la noche, las estrellas le acompañaron en su paseo por la playa. Había cenado muy ligeramente, solo un par de cosas del buffet y al salir de las caballerizas le parecía haber visto a sus amigos en la puerta, moviendo los brazos igual que esa misma tarde cuando subió a la torre. El aire en la playa era tan húmedo que sentía el mar, no delante de él, sino envolviéndolo por todos lados. Ya no recordaba de qué era el curso que lo había traído a Santander. Ni recordaba haber llorado amargamente, ni recordaba por qué esa playa tenía arena y no chinos como era normal para él. A veces,
tampoco
recordaba su nombre
A veces, tampoco recordaba su nombre, y si sus amigos lo hubieran llamado desde la acera (moviendo los brazos y saludándole con la mano) no se habría vuelto simplemente por no recordar que ése que gritaban era su nombre. Tampoco recordaba si estaba vivo, pero lo suponía porque sentía su respiración, oía el murmullo del mar y podía ver perfectamente todo lo que le rodeaba. Cerró los ojos y sonrió. Y respiró tan fuerte que creía estar tragando agua y que la sal le quemaba la nariz y la garganta. Y lo hizo tantas veces como le iba marcando su corazón. Y desde la acera sus amigos lo llamaban, moviendo los brazos, sin que él pudiera verlos, pero no importaba porque sus amigos también habían olvidado cómo se llamaba.

21 de septiembre de 2006  Cuentos, Recuerdos