La boda

Juan Narciso Palomo entró en el juzgado y se dirigió hacia el funcionario encargado de registrar las solicitudes para matrimonios civiles. Cuando Juan Narciso le dijo que quería casarse, el funcionario sacó unos formularios y comenzó preguntándole algunos datos básicos empezando por el nombre de los contrayentes:

– Juan Narciso Palomo Negrín y Juan Narciso Palomo Negrín.

El funcionario levantó la vista hacia Juan Narciso, asombrado por lo que acababa de oír, encontrándose con una amplia sonrisa de Juan Narciso por respuesta.

– ¿Desea usted casarse consigo mismo?
– Sí, eso es.
– Pero, oiga… ¡eso no puede ser!

Juan Narciso borró la sonrisa de su cara y comenzó a mostrarse molesto cuando el funcionario insistió en que eso no era posible. Juan Narciso le explicó que eso era antes, cuando un hombre no podía casarse con un hombre, pero ahora que, por fin, el gobierno de Zapatero había aprobado el matrimonio entre personas del mismo sexo, no podían impedirle a él casarse consigo mismo, y que dónde decía la ley que él no podía.

El funcionario se quedó un poco desconcertado, sin saber muy bien qué decir y con un “espere usted, que voy a mirarlo” se levantó y se dirigió a una estantería de donde extrajo un grueso volumen en cuyo lomo ponía “Código Civil” y que se puso a consultar. Unos minutos después cerró el libro con gesto de consternación y se rascó la cabeza para dirigirse a un teléfono cercano con el tomo en la mano.

Cuando a los 10 minutos volvió a la ventanilla, y le dijo a Juan Narciso que no podía ser, que era un disparate, y que los contrayentes debían ser personas distintas, Juan Narciso volvió a insistir en que le mostrara en que artículo concreto decía eso, porque él había leído en casa el artículo 42 y siguientes y no lo había encontrado; y que no se iría de allí hasta que le dieran cita para celebrar su ansiado matrimonio.

Al cabo de un rato, después de haber estado discutiendo con hasta 3 funcionarios más (supuestamente superiores del primero) se le acercó un señor al que todos parecían respetar mucho y que se identificó como el juez Morcillo y que le dirigió a Juan Narciso una mirada helada mientras le decía “Haga usted el favor de pasar a mi despacho”.

Juan Narciso le estuvo hablando al juez sobre que el amor bien entendido empieza por el amor a uno mismo, y que él no sólo se amaba sino que quería pasar el resto de su vida consigo mismo, y que qué sociedad era ésta, supuestamente progresista, en la que un hombre no pueda casarse con quien quiera, que mucha democracia y muchas libertades y muchas gaitas pero que esto era una injusticia y una discriminación y que pensaba llevar esto a donde hiciera falta, Tribunal Constitucional, Tribunal Supremo, Estrasburgo y plató de televisión si era menester.

El juez, más por agotamiento que por otra cosa, le dijo al fin que vale, que le casaría consigo mismo, pero que ni se le ocurriera darle publicidad o decir nada a la prensa. Le dio cita para una fecha determinada y Juan Narciso salió de las oficinas del juzgado con el corazón henchido de gozo.

La boda fue muy íntima (solo acudió la mitad del número acostumbrado de invitados, como es obvio) y emotiva. Cuando el juez Morcillo preguntó:

– Juan Narciso Palomo Negrín, ¿aceptas a Juan Palomo Negrín como esposo?

Juan Narciso, conteniendo las lágrimas por la emoción dijo “Sí, quiero” para inmediatamente dar un paso a la derecha y volver a escuchar de boca del juez:

– Y tú, Juan Narciso Palomo Negrín, ¿aceptas a Juan Palomo Negrín como esposo?
– Sí, quiero

El juez lo declaró casado consigo mismo y Juan Narciso entonces, sin dejar de darle la espalda a los asistentes, se rodeó con los brazos mostrando sus manos por la espalda mientras decía “mmmmm” provocando la ilusión óptica de que allí había dos personas y no una sola, eso sí, enamoradísima de sí misma.

Cuando salió del juzgado sus amigos y familiares le tiraron arroz y se acercaban a felicitarlo dándole dos veces la enhorabuena, estrechándole primero una mano y después la otra. Su tío Vicente le dio dos besos y le dijo:

– Enhorabuena muchacho, te llevas un buen partido.

Para inmediatamente después decirle:

– Y tú cuídamelo bien ¿eh?

Su tía Mercedes, le comentaba a otra familiar:

– Parece muy buen mozo, pero la verdad es que él vale más que él.

Si decía eso en todas las bodas no veía por qué no iba a poder decirlo en ésta, pensaba mientras se abanicaba con violencia bajo la pamela.

En el convite Juan Narciso cortó la tarta sujetando la espada con una mano mientras con la otra se sujetaba la muñeca, como ayudándose a sí mismo con cariño. Luego cogió con un dedo un poco de nata y se la puso en la nariz mientras todos reían y el se besaba efusivamente la mano o el hombro.

Cuando llegó la hora del baile, Juan Narciso vio como su madre lloraba emocionada al verlo bailar él solo un vals ante la mirada y los flashes de los invitados y volvió a pensar una vez más que ése estaba siendo el día más feliz de su vida.

La noche de bodas fue muy romántica. Para cruzar la puerta de la habitación, como no podía cogerse a sí mismo en brazos, se cogió al menos una pierna y entró a la pata coja para abalanzarse sobre la cama entre risas. Luego se incorporó, bebió un poco del champán que había allí preparado y se desvistió lentamente y con mucha ternura (lo hizo frente al espejo) acariciándose su cuerpo dulcemente. Luego se echó en la cama, desnudo y se masturbó como tantas veces había hecho antes (era partidario de las relaciones prematrimoniales) pero con un cariño especial esta vez, sintiendo que era una noche mágica, como si fuera la primera noche que hubiera pasado consigo mismo y toqueteándose el pizarrín.

Cuando volvió del viaje de novios, sus amigos le veían dichoso y feliz; Juan Narciso se había casado con alguien a quien amaba profusamente, alguien con quien coincidía plenamente en gustos y aficiones, y no se les ocurría un matrimonio más feliz y perfecto.

Por eso, todos se sorprendieron tanto cuando Juan Narciso les anunció, 10 meses después de su boda, que había pedido el divorcio.

(Continuará)

29 de septiembre de 2006  Cuentos