El divorcio

(este relato es la segunda parte de “la boda“)

Cuando el juez Morcillo casó a Juan Narciso consigo mismo, pensó que, sin duda, aquello era lo más extraño y singular que había visto en su carrera y que nunca tendría ocasión de ver algo que lo superara. Hoy, diez meses después, tenía encima de su mesa los papeles con una demanda de divorcio que le habían hecho caer en la cuenta de lo equivocado que estaba: D. Juan Narciso Palomo Negrín solicitaba el divorcio de D. Juan Narciso Palomo Negrín.

Los primeros meses de casado habían sido idílicos, pero al poco tiempo comenzaron a surgir los problemas. Juan Narciso comenzó a salir muchas noches con los amigos, volviendo a casa muy tarde y algo borracho y entonces él se autorecriminaba con frases del estilo “mira cómo vienes”, “¿sabes qué hora es?”.

Las discusiones por temas banales comenzaron a multiplicarse, pero siempre aumentando en intensidad. Un día se dejaba la mitad de la comida en el plato y se ponía a llorar “¡llevo toda la mañana en la cocina preparándolo!”. Otro día quería ver una película que echaban en la tele, que le encantaba , pero cogía el mando y cambiaba a ver un partido de liga, que también le gustaba, con el consiguiente enfado. Y así cada vez más.

La frecuencia de sus relaciones sexuales disminuyeron hasta el mínimo. Ya casi nunca se masturbaba y por la noche se acostaba llorando pensando que se veía gordo y que ya no se gustaba. A veces se paseaba desnudo o con muy poca ropa por delante del espejo para insinuarse, pero no servía de nada.

Sus amigos y familiares empezaron a
notar
que algo
no iba bien
en esa relación
empezaron a notar que algo no iba bien en esa relación. Juan Narciso estaba constantemente de mal humor y cada vez quería estar menos solo, consigo mismo; siempre estaba llamando a alguien para salir a tomar algo o ir al cine y ya no hablaba de sí mismo como hacía antes.

Cuando, por fin, Juan Narciso decidió romper consigo mismo, comenzó un suplicio no sólo para él sino también para los que le rodeaban. Si salía con los amigos todo parecía ir bien hasta que Juan Narciso pasaba delante de un espejo y entonces se ponía de mal humor porque a nadie le agrada encontrarse con “su ex” tras una ruptura dolorosa.

Comenzó a pasarlo francamente mal pues todo le recordaba a sí mismo. Su ropa, sus discos… Todo lo que tenía le recordaba a sí mismo, como no podía ser de otra manera.

Juan Narciso acudió al despacho del juez Morcillo y cuando éste le pidió que firmara la disolución definitiva de su matrimonio, al principio titubeó un poco, pero luego, con un nudo en la garganta y reprimiendo una lágrima, cogió la pluma que el juez le ofrecía y estampó su firma en el papel. Acto seguido se levantó, se sentó en la silla de al lado y, esta vez sí con bastantes lágrimas, volvió a firmar en el mismo papel con una firma idéntica al lado de la primera.

Salió del juzgado y notó una suave brisa que le azotaba la cara. Y una sensación de libertad mezclada con melancolía. Decidió celebrarlo con un cambio de look.

Fue a la peluquería, renovó su peinado totalmente y luego fue de tiendas donde compró un tipo de ropa totalmente diferente a la que acostumbraba a llevar. Vestido con su nueva apariencia se paró frente a un escaparate, y al observarse reflejado sintió como un cosquilleo al ver a ese joven tan guapo. Todo un flechazo. “Creo que me he vuelto a enamorar”, pensó.

6 de octubre de 2006  Cuentos