La bolsa

Hay cosas que nunca sabremos. Ni maldita la falta que nos hace, pensamos a veces. Sí, pero hay cosas que nunca sabremos. Como qué hay en esa bolsa de basura grande y gris que un hombre acaba de dejar hace solo 10 minutos en el jardín posterior de mi casa. O por qué lo ha hecho teniendo tanto cuidado de esconderla y mirando para todos lados, temeroso de que lo descubrieran.

Desde mi terraza lo he visto todo: Un hombre joven y bastante desaliñado (ese tipo de hombre que la gente estúpida diría “un gitano”, pero que vete tú a saber si lo más probable es que no tenga por qué serlo) portando una enorme bolsa de basura, la ha escondido detrás de un matorral con sumo cuidado. Él no me ha visto, pero yo he visto muy claramente sus ojos y en ellos he leído el temor del que sabe que está haciendo algo malo.

¿Por qué lo ha hecho? Si se trata de basura que deja en jardín ajeno, ¿por qué tanto esmero en esconderla? y, sobre todo, ¿por qué no depositarla en el contenedor que hay a 2 metros escasos? ¿Acaso no es basura lo que contiene? ¿Cómo, entonces, dejar algo tan al descubierto (el matorral no tapa mucho desde este lado) y en una simple bolsa de basura? No, nada tiene sentido.

He estado
pensando
qué es
lo que me
impide bajar
y echar un vistazo
He estado pensando qué es lo que me impide bajar y echar un vistazo a esa misteriosa bolsa. Tal vez fuera el temor a verme yo mismo descubierto por el hombre que la ha depositado, o tal vez sea por simple vagancia, pero creo que, sin duda, es por el temor a una, más que probable, desilusión. La desilusión de encontrar dentro sólo unos matojos o cualquier porquería y sentirme como un auténtico imbécil bajando a hurtadillas a inspeccionar una bolsa de basura. Sí, debe de ser eso.

Si yo hubiera tenido ahora 10 años, tal vez sí habría bajado. Bueno, no tal vez, seguro que habría bajado. Habría avisado a algún amigo y habría fabricado con él una gran aventura en torno a “la bolsa misteriosa”. Le habría explicado que seguramente ese hombre era un ladrón que ocultaba ahí su botín, o un traficante que ha escondido kilos de cocaína, o mejor aún, que se trataba de un asesino que intenta deshacerse del cuerpo descuartizado de su anciana tía millonaria. Sea como fuere, habríamos bajado mi amigo y yo, tras elaborar un cuidadoso plan y armados con un tirachinas o una simple piedra pero, sobre todo, con el corazón latiéndonos frenéticamente de emoción. Habríamos vivido una aventura apasionante… por lo menos hasta que al mirar en la bolsa, viéramos que dentro no había ni billetes, ni droga, ni siquiera la mano descuartizada de una vieja decrépita.

Me habría desilusionado, pero durante esa tarde habría vivido una emoción enorme y una aventura memorable, por lo que habría merecido la pena.

Pero cuanto mayores nos hacemos, más nos cuesta resistir las desilusiones. Aunque seguimos soñando, nuestros sueños se hacen más peligrosos porque, por pequeños que sean, estamos menos preparados para afrontar su pérdida o no realización. Ahora preferimos pensar que ahí en esa bolsa no hay nada emocionante por temor a descubrir que, efectivamente no lo hay cuando creímos que tal vez sí. Nuestro corazón se acomoda como un adulto al que ya no le atrae tirarse por el suelo y llenarse de barro como cuando era niño.

Una desilusión, por pequeña que fuera, por poco importante que nos pareciera, es lo último que nuestro corazón querría ahora. Por eso deja que cada vez más sólo nos ilusionemos por lo que estrictamente necesitamos, por esas ilusiones y sueños que (se cumplan o no) nos son esenciales y necesitamos para seguir viviendo.

14 de octubre de 2006  Recuerdos, Reflexiones