Cuentos desde La Magdalena (II): La camarera del Titanic

BAJARON A COMER A LAS CABALLERIZAS, no tanto porque así estaban más cerca de la playa ni por guardar menos cola (de hecho solía haber más gente que en el palacio) sino simplemente porque querían comer ahí y no en otro sitio. Los tres se sentaron en una mesa y bromearon como era costumbre mientras esperaban su llegada. Y entonces, con casi la puntualidad de un reloj, llegó ella.

La vieron acercarse a la mesa, con su blusa blanca y su falda negra, con su pelo rubio y ondulado y su fino mechón rebelde sobre la frente. Sintieron su mirada, entre divertida e inquisidora como quien ve de nuevo a tres conocidos bromistas. Era capaz
de
sostener la
mirada de los tres
Era capaz de sostener la mirada de los tres sin inmutarse con un gesto en sus labios de seriedad poco creíble mientras les interrogaba sobre si tomarían el primer plato. Después se alejaba hacia la cocina sabiendo perfectamente que estaban hablando de ella, pero no le importaba (es más, le divertía) porque sabía que no eran más que cosas bonitas, como si se parecía a tal actriz española (sus compañeros de trabajo se lo habían dicho varias veces) o si su boca era graciosa o tenía salero por el comentario que ella había hecho ante su elección de platos.

A los tres poco les importaba si ella regañaba con la mirada a uno de ellos por no terminarse un plato, o si llamaba “hijo” a otro recalcándole así su juventud y el cansancio de ella por el trabajo. Ellos esperaban ansiosos el momento de pedirle que repitiera por enésima vez los postres de carrerilla, no por burlarse de ella, sino porque necesitaban de su voz, de retenerla unos segundos al lado de su mesa y de su sonrisa cómplice mientras recordaba el yogur natural azucarado para uno de ellos.

Y volvían a verla a la hora de la cena, y del día siguiente esperaban el momento de la hora de comer para volver a verla y oírla con esa especie de guasa que parecía cariño y es que eran ya varios días repitiendo la lista de postres y eso era un grado de confianza. Pero no la buscaban porque ella le gustara a ninguno de ellos (los tres tenían sus respectivos corazones llenos de la presencia de otras tres mujeres), sino porque su camarera sabía arrancarles la sonrisa con la que iluminar, con la que paliar la tristeza de la lejanía (o indiferencia) de sus respectivas amadas, y porque era su camarera y no querían ser servidos por otra si no les traían con cada plato la ternura de unos ojos cansados y una sonrisa medio escondida como solo ella les daba como a unos viejos amigos cansados, como solo sabía hacer ella, su “camarera del Titanic”.

21 de octubre de 2006  Cuentos, Recuerdos