Tu día de suerte

Eran las 4 de la tarde, Serafín abrió la puerta del portal de su casa y salió a la calle. Un pequeño escalofrío, blando y suave, comenzó a subir desde la planta de su pie derecho hasta arriba: había pisado uno de esos “regalos” marrones con que los chuchos obsequiaban a la ciudad. “¡Vaya!, dicen que esto trae suerte”, pensó plenamente ilusionado. Cuarenta minutos pasaron desde entonces hasta que se alejó de su portal; parecía que su novia Angelitas le había dado plantón. “Bueno, le habrá surgido algo importante”, razonó con un leve encogimiento de hombros. Y comenzó a andar, sin perder la sonrisa, hacia la biblioteca para estudiar.

Un par de calles más arriba el cielo rugió haciendo estremecerse a los viandantes, y regalándolos con un brusco e intenso chapucero. “Me ca…! ¡Cómo me estoy poniendo!”. Serafín intentó cruzar de acera para así caminar al amparo de los balcones. Lo consiguió, aunque, justo al cruzar, un flamante todoterreno se encargó de empaparlo enteramente al pasar por el agua anegada junto al bordillo. Caminó bajo los balcones a un promedio de 4 goterones fríos de desagüe que se le metían por el cuello por minuto y 3 viejas con paraguas e impermeable (pero sin apartarse de la pared, obligándole a hacerlo a él) por cada 100 metros.

A las 5 en punto llegó a la biblioteca encontrando sólo un sitio libre. “¡Qué suerte! -se congratuló- ya sabía
que
hoy iba
a ser mi
día de suerte
ya sabía que hoy iba a ser mi día de suerte“
. Se sentó, pues, en ese sitio, al lado de la hermosa puerta de madera de bisagras chirriantes y sin engrasar, justo en la esquina opuesta a donde se encontraba el único radiador de la habitación. Saludó con un “rictus” de sonrisa a la voluminosa y desaseada compañera de enfrente, quien ocupaba con sus, también voluminosos, apuntes el 80% de la mesa.

Serafín abrió su mochila (no sin antes cortarse un dedo al intentar desatrancar la cremallera) y sacó su carpeta verde y granate dispuesto a estudiar el parcial de la próxima semana. Cuatro, fueron las veces que repasó su carpeta hasta cerciorarse de que se había dejado los apuntes en casa. Guardó su carpeta bajo la atenta (ya que no cariñosa) mirada de la voluminosa desconocida para posteriormente abrir la desengrasada puerta barroca de la biblioteca, habiéndose dejado olvidados,y sin darse cuenta 2 lápices, 3 bolígrafos, una goma, la funda de las gafas y el móvil encima de la mesa.

Ahora no llovía y Serafín decidió atajar por callejuelas para llegar lo más pronto posible a su casa y ponerse a estudiar cuanto antes. 30 minutos más tarde comenzó a considerar la posibilidad de que se había perdido entre las calles del casco antiguo, decidiéndose a preguntar a dos chavales que parecían de un grupo de rock y que venían a su encuentro fumándose un cigarrito. 20 euros, que es todo lo que llevaba encima, le sacaron los dos macarras; más el reloj y la cadena de oro. Al fin encontró una calle conocida y a Angelitas, a quien vio a través de la luna de un café merendando con un amigo. Habría cruzado a saludarla si no fuera porque un “vespino” le tiró al suelo justo cuando iba a intentarlo.

Renqueando llegó por fin a la puerta de su casa (eran las 8 y media de la noche) y de nuevo vio aquella masa marrón en el suelo y con la huella de sus zapatillas aún en ella. “Conque suerte, ¿eh?” se decía mientras le propinaba una patada… resbalando y cayendo al suelo encima de ella.

10 de noviembre de 2006  Cuentos