Cuentos desde La Magdalena (III): Bajada

LA VIO BAJAR DELANTE DE SÍ, camino abajo hacia la entrada de la península, entre pinos y familias de domingueros que tomaban el sol sobre el césped de la Magdalena. Caminaba con luminosidad, tal y como él siempre recordaba habérselo visto hacer, con los brazos cruzados sobre la carpeta que oprimía contra su pecho, como si acabara de salir de clase de la facultad. Cerró los ojos y entonces la imaginó a pocos centímetros de él, mirándole con ternura mientras le escuchaba embelesada, el río sevillano corría a su espalda y la luz del atardecer hacía contrastar los tirantes de su vestido con sus hombros morenos. Abrió los ojos.

Ahora ella andaba ya más lejos de él, por entre una numerosa familia de gatos que acampaba remolona a ambos lados del camino, ya casi llegando a las caballerizas. Volvió a cerrar los ojos. La imaginó
ahora
entre sus brazos
La imaginó ahora entre sus brazos, sentados en un blanco sofá, ella con la nuca sobre su pecho y con la mano izquierda acariciando la de él, en una noche blanca más luminosa que cualquier día, y sintió la respiración de ella sobre la suya mientras buscaba sus labios para besarlos con la ternura más silenciosa del mundo. Abrió de nuevo los ojos y la vio ya muy lejos, casi pasando al lado del escenario que estaban montando en la campa.

Ya casi no la veía aunque seguía reconociéndola por su figura y su caminar, entonces sintió una punzada en el pecho porque la iba perdiendo y pronto dejaría de verla. Cerró los ojos otra vez y la imaginó sentada a su lado en un escalón que bajaba a un estanque con patos y barcas de recreo, y ella le contaba dulcemente cómo su padre le había enseñado a pescar, sin importarle que tras ellos y el estanque sonaran los clarines y tambores de una procesión de palio blanco. Y abrió los ojos y ya no la veía. Tan solo a los gatos, ahora alrededor de él.

20 de noviembre de 2006  Cuentos, Recuerdos