Cuentos desde La Magdalena (IV): El café

LA TAZA DE CAFÉ CON LECHE estaba frente a él, dibujando sobre el mantel blanco un círculo perfecto de color marrón claro. El resto de asientos de su mesa estaban vacíos y la gente, de pie entorno al buffet, no hacía más que mirar para todos lados, sin duda, forjándose una primera impresión de cada uno de los rostros desconocidos que les rodeaban. Instintivamente sus ojos fueron planeando de rostro en rostro, sobre todo los de las chicas, emitiendo un primer veredicto (en algunos casos inapelable) sobre su belleza o no y preguntándose si sería simpática, si estaría sola o si iría a su mismo curso. Tomó un sorbo de su café y abrió el paquete de magdalenas. “Ya veremos cómo empieza esto” se dijo tranquilamente.

El café, esta vez, era más oscuro porque la camarera le había echado menos leche. Sus amigos, que ocupaban el resto de la mesa, bromeaban como de costumbre acerca de los variopintos personajes que poblaban su curso (todos estaban en el mismo) tanto alumnos como ponentes. Él volvió a mirar los rostros de algunas chicas, tal y como hizo el primer día, pero ahora ya sabía si iban solas o no (a estas
alturas
ya nadie
estaba solo
a estas alturas ya nadie estaba solo) y había conseguido averiguar de algunas si era simpática o no, aunque las ideas sobre su belleza poco habían cambiado. Volvió la atención hacia sus compañeros de mesa, que estaban proponiendo saltarse la mesa redonda de la tarde para ir a la playa y él asintió distraído mientras sorbía su café, verdaderamente más fuerte y oscuro esa mañana.

Al servirle el café, la camarera tuvo que preguntarle dos veces cómo de largo lo quería, pero él (al igual que el resto de la diezmada concurrencia del comedor) estaba algo dormido. Esa mañana había menos murmullo y ruido de platos y los rostros de la mayoría denotaban el cansancio fruto de la fiesta de la noche anterior. Tan solo dos de sus amigos le acompañaban en la mesa esa mañana. Él estaba también muy cansado, no tanto por la fiesta, sino por haber estado hasta las tantas charlando en la habitación con su compañero de cosas que eran importantes pero no tenían nada que ver con los cursos, el palacio o las caballeriza… o tal vez sí, tenían que ver con todo ello y con el mar, con los buenos ratos en compañía, con el amor que se materializa en gaviota y la vida en granos de arena.

El café volvía a dibujar ese círculo marrón en el mantel, aunque ahora prestó más atención a las conversaciones de sus amigos, que recordaban las risas de anoche en ese bar lleno de ventiladores y de chicas guapas que, esa noche, parecían estar maravillosamente agradables y divertidas. Él reía también con ganas y no le importaba derramar un poco del café en el plato mientras se movía para hacer sitio al último que llegaba a la mesa, sin duda, atraído por el jolgorio de esa mañana.

El café no estaba en una taza, sino que ahora estaba en un vaso de cristal y él removía la cucharilla con desgana y lagañas en los ojos a pesar de ser ya casi las once. Su sobrino intentaba ponerse el bañador con torpeza por no quitarse antes los zapatos mientras su sobrina le daba un beso preguntándole (aunque en realidad era una petición) si los iba a bajar a la playa. Él, antes de contestar, echó un vistazo a las dos gruesas carpetas de apuntes que tenía en el mueble de enfrente y suspiró mientras daba el primer sorbo a su café. Estaba asqueroso.

14 de diciembre de 2006  Cuentos, Recuerdos