El nacimiento de Jesús

Era avanzada la tarde y llevaban ya muchas horas de camino, José guiaba a la mula bajo un cielo despejado que empezaba tímidamente a cargarse de estrellas parpadeantes. María medio dormitaba a lomos de la mula entrecortando su rostro sereno con periódicos gestos de dolor que contraía de vez en cuando sus entrañas. Belén se divisaba a pocas millas en el camino y José recorrió ese corto trayecto sumido en miles de pensamientos dispares que surcaban su cabeza y su alma.

Pensaba qué inoportuno había sido el edicto de César Augusto sobre la obligación de empadronarse, obligándoles así a él y a su mujer a semejante viaje justo cuando ella parecía estar presta a romper aguas en cualquier momento. Y entonces volvió a pensar en su hijo, bueno, en si verdaderamente era su hijo. Sí, ya sabía que todo el asunto había quedado zanjado hace unos meses cuando una noche, sin poder conciliar el sueño, no había hecho más que darle vueltas al asunto para concluir que, sin duda alguna, Dios tenía que estar detrás de todo esto; y que si lo que venía era hijo de María, entonces también sería hijo suyo.

Doblaron un recodo del camino y dejaron atrás las primeras casas de las afueras de Belén; ya estaban entrando en el pueblo y las habitaciones con luces encendidas en las casas se podían divisar con mucha claridad.

A pesar de todo, José no
estaba
seguro de
estar realmente preparado
José no estaba seguro de estar realmente preparado para esto. Si verdaderamente admitía que lo que María llevaba en su vientre era obra de Dios, él, lejos de sentirse honroso y dichoso, se sentía avergonzado y apesadumbrado: “Ser el padre del Salvador de Israel no tiene por qué ser un privilegio,” -pensaba- “debe ser una enorme responsabilidad. Yo no puedo merecer tener al mismo Emmanuel (Dios-con-nosotros) en mi casa. Ni siquiera me llevo bien con mi vecino Isaac…¿Qué se puede esperar de un hombre que tiene más fallos y defectos que virutas en su taller? María, sin duda, es la persona más idónea de la Tierra para acogerlo en su seno. Ella sí que es una criatura de Dios, pero yo… ¿Yo qué soy? Un capullo tal vez con falta de carácter o falta de iniciativa… Ah, la posada.”

María abrió los ojos de repente, despertada por el leve tropiezo de una pata trasera de la mula con una piedra. Se llevó las manos al vientre pensando que había sido un movimiento del niño, pero éste no se movía, al menos por ahora. En seguida vio, a pocos pies de distancia, el letrero de “Posada”, y a su marido acercándose a la puerta para llamar y pedir una habitación.

Y María retomó en su pensamiento el sueño que estaba teniendo antes de despertarse: soñaba con el parto. Era un parto difícil, muy doloroso. El dolor la desgarraba y el sufrimiento se hacía insoportable. Recordaba los gritos de dolor que Isabel había dado al dar a luz a su hijo. Allí tuvo la ayuda de una comadrona, pero ¿y si ella salía de cuentas en aquel lugar antes de volver a Nazaret? ¿Quién la iba a ayudar entonces?

José. José se acercó a su mujer mientras el posadero cerraba tras de sí la puerta. “No hay sitio, María.” -le contestó, sin querer disimular su disgusto- “Dice el posadero que podemos quedarnos en el establo. Parece que no hay más remedio.”

Los ojos de María parecieron decir un “de acuerdo, ¿qué le vamos a hacer?”, pero mientras la mula comenzó a andar de nuevo, el pensamiento de María se volvió frío y angustiado y esta vez sí que se movió el niño en su vientre. Tenía miedo, le avergonzaba reconocerlo, pero tenía miedo. Nunca había dejado de confiar ciegamente en un Dios tan real para ella como su propio vientre hinchado. Pero, a pesar de eso, tenía miedo.

José la ayudó a bajar de la mula, la acomodó en un improvisado lecho de paja y llevó al animal al fondo del pequeño establo. Cuando volvió al lado de María, la respiración de ésta ya era bastante fuerte y el sudor comenzaba a resbalar por su frente y sus mejillas.

“Ya está,” -pensó- “el tiempo se ha cumplido.”

El pobre José tuvo que hacerlo todo: ir a por paños húmedos, acomodar a María, ayudar a salir al niño, cortar el cordón umbilical, limpiarlo todo… Nadie se lo había enseñado, todo lo tuvo que aprender esa misma noche mientras lo hacía. Cierto que María le había ido indicando la mayoría de las cosas, pero él nunca había hecho antes tales trabajos, sólo trabajar la madera, como el pesebre que ahora estaba arreglando a modo de improvisada cuna.

María no recordaba ya haber tenido miedo, y José comenzó a dibujar una tímida sonrisa tras su tupida barba mientras depositaba a tan frágil criatura en el cajón de madera que hace solo un momento servía para alimentar a las bestias.

De pronto, comenzó a llegar gente. Eran pastores que estaban pasando la noche al raso, y no sabían explicar muy bien qué misteriosa fuerza interior les había llevado a acercarse a aquel establo. Les ofrecieron su ayuda mientras sus corazones experimentaban una sensación jamás vivida y, posiblemente, que jamás pueda ser explicada. Pero allí, en la confortable compañía de un hombre y una mujer, y un niño pequeño, sentían como si truenos, imposibles en una noche clara, y unas voces frágiles y armoniosas cantaran en su interior. Y cantaban así:

“Gloria a Dios en las alturas; y en la tierra, al hombre, paz.”

21 de diciembre de 2006  Cuentos