La contracción anal (o “Esto le puede pasar a cualquiera”)

Relato erótico-terrorífico de andar por casa

ERA VIERNES. La cinta de Kiko Veneno había llegado a su fin en el destartalado radiocassette de la repisa del cuarto de baño cuando Arturo terminó de ponerse siete cuadraditos de papel higiénico sobre sus mejillas para intentar paliar el efecto devastador de la Gillette Contour-Plus en su undécimo uso sin recambiar sus cuchillas.

Sus ojos verdes buscaron el frasco de colonia que le regaló su madre (la misma con la que su última novia le había dicho que olía a borracho) y empapó con ella su pelo negro y brillante, cortado muy corto por atrás y con simpáticos ricitos sobre la frente. Humedeció dos dedos con la colonia y se acarició con ellos sus largas patillas rectas y negras, no pudiendo evitar que una gota de colonia resbalara hasta el más cercano de los cuadraditos de papel, produciéndole un escozor demencial.

Dio la vuelta a la cinta en el radiocassette (en la otra cara sonaba ahora el más antiguo de los Sabina con su “Princesa”) y entró en su cuarto para terminar de vestirse. Desechó tres camisas antes de decidirse por la camisa blanca que tanto le había gustado a Conchi antes de que se largara aquella lejana tarde con todas sus cosas en una bolsa de deporte y toda su rabia y su mala leche en sus grandes ojos color de caramelo. Se metió en los Levi’s negros que le hacían tener que meter un poco la barriga para abrocharlos, y tras calzarse unos zapatos negros que ya habían perdido el brillo, agarró su chaqueta de cuero estilo Ramoncín que había comprado en el rastro.

Después de desprenderse de los trocitos de papel higiénico que aún poblaban su rostro, se dio un generoso visto bueno ante el espejo y ensayó orgulloso su fantástico y vertiginoso movimiento de lengua con tintes lascivos, quizás como preludio de la que esperaba fuera una buena noche. “Hoy tiene que caer alguna. Fijo”, pensó mientras ensayaba poses ante el espejo.

Arturo andaba por la calle aquella noche con los pulgares en los bolsillos y moviendo suavemente las caderas arriba y abajo en cada paso, tal y como le había enseñado un amigo suyo rocker. Entró en el Sur y se tomó dos “besos negros” lamiendo con descarada lascivia el chocolate de los vasos con el propósito de excitar a dos extranjeras que le miraban divertidas, siendo en realidad el excitado el camarero, quien a través de sus gafas oscuras, no quitaba ojo al mentón de Arturo y las siete pequeñas cicatrices que poblaban sus mejillas.

Después de intentar (sin éxito) algún tipo de acercamiento con, al menos, otras tres chicas del bar, Arturo pagó su tercer “destornillador” de Smirnoff y salió a la calle en busca de nuevos “objetivos”. Se dirigió al Varadero y allí decidió cambiar el vodka por el DYC con Coca-Cola y al acercarse a la barra fue cuando la vio a ella.

Era morena, de pelo muy corto, a lo chico. Era alta y muy delgada, pero sin llegar a parecer anoréxica. Los ojos eran del mismo color verde manzana que los suyos, entrecerrados de forma sugerente, sin duda debido a una miopía galopante y una coquetería que le había impedido ponerse las gafas esa noche. Sus labios eran finos y circundaban una boca pequeña pero que seguro podía engrandecerse más. Sus tetitas eran pequeñas pero muy redonditas, las caderas anchas pero sin exagerar y su ombligo, al descubierto por encima de los pantalones de cuero, llevaba un “piercing” tal y como él había visto llevarlo a Silke en una película. Las marcas de los granos inundaban sus mejillas al tiempo que el vello de sus brazos le daba un aire como más animal y sensual.

Arturo se desabrochó un botón de la camisa y pasó su lengua disimuladamente por su labio superior mientras subía las cejas en un gesto de satisfacción. Era lo que estaba buscando. Era guapa, simpática y viciosilla. Era su amiga Trini. La única con la que había conseguido acostarse un par de veces en los últimos seis meses, eso sí, cuando la noche le había demostrado que no tenía otra opción si no quería dormir solo.

Ella se alegró mucho cuando lo vio acercarse y levantó los brazos alborozada derramando la mitad de su cubata sobre un cuarentón de traje de Armani y peinado de cepillo que estaba detrás suya achuchando a su secretaria.

Tomaron un par de copas, se contaron varios chistes verdes que Trini rió a grandes carcajadas a pesar de no haber sido capaz de entender ninguno de ellos y bailaron al son de Ricky Martin y Ketama. Cuando Arturo le tocó el culo a la Trini por tercera vez, ésta le propuso sin más preámbulos ir al piso de él y terminar allí la noche.

Salieron los dos del Varadero y se dirigieron hacia el piso de Arturo, que estaba bastante lejos, cerca de la Macarena; y en el trayecto éste le tocó el culo a ella ocho veces más, se enrollaron otras tantas y pararon a comer unas hamburguesas, con eructo de Trini incluido tras comerse la suya en tres bocados. En la Alameda, Arturo orinó en un árbol mientras Trini le gastaba una broma a un taxista haciéndose pasar por una lumi. Continuaron andando, agarrados por la cintura, y después de una fugaz, pero gratificante, experiencia de sexo oral detrás de un contenedor, por fin llegaron al piso de Arturo.

Nada más subir, ella entró en el cuarto de baño a orinar percatándose de que el radiocassette de la repisa había sido dejado encendido y emitía una especie de zumbido al haberse acabado la cinta. Arturo se quitó la chaqueta y la camisa, buscó los condones en la nevera y comprobó la fecha de caducidad, lanzando un suspiro de alivio. Sacó cuatro de la caja y dejó los otros dos de nuevo en la nevera.

Entró en el dormitorio y encendió el flexo que había sobre la mesita de noche. Se quitó los zapatos y se desabrochó el botón de los tejanos. Después de meditarlo un momento, dejó sobre la mesita solo tres de los condones y volvió a meter el otro en la nevera. Aprovechó la visita a la cocina para beber un trago de zumo de naranja directamente del cartón y en ese momento sintió la mano de Trini deslizarse por encima de su ombligo, pasar por debajo del elástico de sus calzoncillos y agarrar su miembro viril. Ella estaba tras él y besaba su cuello conforme apretaba su cuerpo al suyo pudiendo él sentir la presión esférica de sus tetitas sobre su espalda. Ella ya había sacado su miembro y lo agitaba con frunción mientras él giraba la cabeza buscando con su boca la suya.

Arturo se volvió completamente, observando que ella estaba desnuda a excepción de las braguitas, que aún llevaba puestas. Trini se dispuso a arrodillarse delante de él pero Arturo la detuvo y, besándola ardorosamente, la fue empujando fuera de la cocina hasta el dormitorio.

Trini estaba ya tumbada en la cama, totalmente desnuda, boca arriba y con las piernas abiertas. Sus manos acariciaban su propio sexo mientras se mordía tímidamente el labio inferior de la boca mientras Arturo estaba de rodillas, entre sus piernas, también desnudo y colocándose el condón con inusitada torpeza. Él hubiera querido algo más de juego erótico, como por ejemplo usar la celeridad de su lengua para poner los flujos vaginales a punto de nieve, pero ella le había suplicado que se la metiera cuanto antes una vez que cruzaron el umbral del dormitorio. Arturo comenzó a descender y acoplarse lentamente a ella. Trini alzó un poco sus caderas y finalmente le ayudó agarrando su miembro con las manos para introducírselo dentro de sí.

Los dos se movían a distinto ritmo. Lo habían hecho otras veces, pero hacía mucho tiempo de la última vez y les costaba coger el compás. Trini se movía mucho más rápido que él y sus jadeos eran cada vez mayores. Arturo intentaba coger el ritmo de ella, pero a menudo fallaba y sacaba su miembro del todo siendo rápidamente de nuevo introducido por la hábil mano de Trini. Por fin pareció coger el ritmo. Él apoyaba sus manos sobre el colchón mientras ella se aferraba con las suyas a la cabecera de la cama. El movimiento era cada vez más rápido. Trini comenzó a decir las primeras obscenidades y Arturo sentía como si toda su energía estuviera a punto de irse por un desagüe, como el agua estancada al desatascar una cañería. Sabía que estaba cerca del orgasmo y que entonces todo acabaría y habría que comenzar de nuevo.

Entonces lo recordó. En ese instante. Recordó haber oido a una sexóloga en un programa de televisión dando un truco para retener la eyaculación y alargar así el acto sexual. “¿Qué era lo que había que hacer?”, intentaba recordar. Sus pensamientos hicieron que, inconscientemente, disminuyera la velocidad y perdiera de nuevo el ritmo con Trini. Ella, sin embargo, movía sus caderas cada vez más deprisa aferrándose ahora a la espalda de él. “¡Más rápido, más rápido!”, le pedía. Arturo intentaba recuperar el ritmo al mismo tiempo que seguía intentando recordar lo que la doctora había dicho en la televisión. “¡Contraer el ano! ¡Eso era! Se trataba de contraer el ano… Pero, ¿cómo se hace eso?”

En ese momento ella decidió cambiar de postura. Se incorporó y obligó a Arturo a ponerse él acostado boca arriba mientras ella se sentaba sobre sus rodillas. Él agradeció este pequeño paréntesis que implicaba el cambio de posición ya que de otra manera habría llegado al orgasmo sin haber podido intentar el truco de la contracción anal. Trini se humedeció los dedos de su mano derecha con saliva y rodeó con ellos de nuevo el miembro de Arturo masturbándolo primero muy despacio y luego cada vez más deprisa.

Arturo comenzó entonces a intentar contraer el ano. No sabía exactamente qué es lo que tenía que hacer, así que intentó hacer las mismas fuerzas que cuando estaba estreñido pero a la inversa, aunque con la misma potencia. Trini parecía estar fuera de sí con su juguete y Arturo comenzaba a ponerse cada vez más colorado al tiempo que aguantaba la respiración para hacer así más fuerzas. El placer causado por la Trini era cada vez mayor (su miembro estaba ahora dentro de su boca) y él apretaba más y más su ano en su afán de retardar el orgasmo. Ella se cansó de jugar con su piruleta y avanzando sobre sus rodillas se acopló a Arturo introduciendo su miembro en su sexo para comenzar una cabalgada vertiginosa de placer y desenfreno.

Trini ahora parecía poseída, las obscenidades que gritaba eran continuas, su cuerpo se movía de arriba abajo violentamente y Arturo, sintiendo cada vez más cerca el clímax, parecía a punto de estallar por las terribles fuerzas que hacía para conseguir (o al menos él así lo pensaba) contraer el ano. Trini vio que Arturo tenía los labios apretados, la piel colorada y los ojos idos y muy fijos, pero pensó que era porque estaba sintiendo un placer extremo y que sin duda ese polvo estaba resultando espectacular. Al apoyar ella con fuerza las manos sobre el pecho de él, mientras sus caderas seguían en un descontrolado sube y baja, pudo percibir lo acelerado del corazón de Arturo, lo cual la excitó más aún pensando que era el placer y no las fuerzas sobrehumanas que estaba haciendo, similares a las de un superestreñido, lo que causaba tal bombeo sanguíneo. Todo Arturo estaba ya tremendamente rígido (no solo su sexo), las venas de su cuello se hincharon escandalosamente, lo ojos parecieron salirse de sus órbitas y el color de su piel se volvió de un tono amoratado mientras sus apretados labios dejaban escapar un tenue “mmmm”.

Trini llegó al más grande de los orgasmos. Al más fantástico que había tenido nunca. Extenuada se recostó al lado de Arturo. Había sido formidable. Cerró los ojos y luego volvió a abrirlos mirando satisfecha el techo. Se volvió hacia Arturo para darle las gracias pero se detuvo petrificada antes de decir palabra alguna. Arturo se había quedado exactamente igual que como ella recordaba haberlo visto en el instante de máximo placer. Como si hubieran congelado esa imagen. Estaba inmóvil y totalmente rígido. Tenía los ojos muy abiertos y fijos, los labios tremendamente apretados, las venas de la cara y el cuello tremendamente marcadas. La piel amoratada, los puños cerrados, todos los músculos de su cuerpo tensos y su miembro tan rígido como el resto de sus extremidades. Trini lo llamó un par de veces por su nombre y comenzó a asustarse. Le dio un golpecito en un hombro y se balnceó ligeramente como si fuera una estatua de madera tumbada en la cama. Trini observó que no respiraba, puso su oído sobre el pecho de Arturo y comprobó que no oía nada. “Dios mío, está muerto”. Y salió corriendo del dormitorio, desnuda y presa de un ataque de histeria.

Pero Arturo no estaba muerto. Había escuchado cómo Trini le hablaba pero no podía contestarle. Había visto cómo ella le miraba interrogante, pero no podía seguirla con la mirada cuando ella salía de su campo visual. No podía mover ni un dedo, ni doblar una pierna, ni girar sus pupilas. No podía despegar los labios, ni chasquear la lengua, ni bajar su sexo. Estaba en una especie de estado catatónico, algo así como un coma, al que había llegado, sin duda, debido al enorme esfuerzo realizado mientras intentaba contraer el ano.

Arturo oyó que por fin entraba alguien de nuevo en la habitación. Distinguió la voz de un hombre mayor y también, en sollozos, la de Trini. No podía ver nada, salvo la horrible lámpara de su dormitorio, que pendía del techo. Como no podía girar la cabeza ni mover ninguna parte de su cuerpo, hubo de esperar a que el hombre situara su cabeza encima de la de él para verle. Era un médico. No cabía duda. Le estaba reconociendo con esa especie de tubo que se ponían los médicos en las orejas. “No tiene pulso, su corazón se ha parado”, oyó decir al doctor. “Pero, ¿qué dice usted, hombre? Claro que está latiendo, ¡arregle su maldito aparato!”. Arturo intentó decir estas palabras pero ningún músculo de su cuerpo obedeció a sus órdenes así que esa frase sólo pudo oírla él en su pensamiento. Sus músculos habían quedado tan endurecidos y agarrotados, que impedían la percepción de unos tenues latidos y una aún más casi imperceptible respiración. “Este hombre está muerto”, profirió lacónico el doctor. “¿¡Quééé!? ¿Muerto yo? ¡Estoy vivo maldito matasanos! ¿Dónde te han dado el título, veterinario asqueroso?”. Arturo lo gritó con todas sus fuerzas pero ni sus labios se movieron un ápice, ni absolutamente ninguna de las células de su rostro se alteró lo más mínimo. El doctor lo giró poniéndolo de costado mientras seguía con su reconocimiento y entonces Arturo pudo ver a Trini sentada en el sillón del dormitorio, totalmente destrozada y llorando a lágrima viva.

Hubiera querido decirle algo, algunas palabras de aliento, algo del tipo “¡Eh, estoy bien! No te preocupes por mí. Este botarate se dará cuenta enseguida de que estoy vivo”. Pero sabía que ella le seguía viendo con los ojos inmóviles y ese rictus de tremendo esfuerzo intestinal en su cara. Trini se levantó y salió sollozando de la habitación. Arturo fue devuelto a su posición inicial y pudo ver cómo el médico hablaba por teléfono ya que se encontraba de pie justo al lado de la cama. Estaba pidiendo a alguien que vinieran a por él.

Entonces Arturo fue consciente de lo que le esperaba: lo amortajarían, le harían un bonito funeral y, finalmente, lo enterrarían vivo. Vivo y con su miembro en una permanente erección. El truco de contraer el ano le había servido para retener la eyaculación, pero no había podido imaginar hasta qué punto iba a hacerlo: para toda la eternidad. Comenzó a gritar que no quería que le enterraran vivo, pero sus gritos nunca llegaron a materializarse ni a salir de su cerebro. Era como haberse convertido en una maldita estatua.

De pronto un recuerdo cruzó su mente como una estrella fugaz en una noche clara. Recordó haber visto un episodio en una serie de televisión de Alfred Hitchcock en el que a un hombre le ocurría lo mismo que a él. Bueno, no a causa de una contracción anal, pero sí de un accidente de tráfico. Los médicos le daban por muerto pero estaba vivo y consciente sólo que, como él, no podía demostrarlo. Una lágrima de desesperación le salvó la vida. Alguien vio que el hombre lloraba y se dio cuenta de que vivía. “¡Puedo hacer lo mismo! Tengo que llorar”, se dijo Arturo. “Tengo que dejar escapar una lágrima como sea”. Intentó dar la orden a sus ojos pero éstos, al igual que el resto de su cuerpo, no respondieron. Entonces decidió pensar en aquellas películas que le habían hecho llorar a moco tendido: “Campeón”, “Sonrisas y lágrimas”, “Bambi”, “Rocco Sifredi vuelve”… Era inútil. Decidió hacer fuerzas a pesar de que era obvio que Arturo no podía dominarlas, tal y como demostraba su actual estado, y por fin… consiguió dejar escapar una.

Dejó escapar una ventosidad tan sonora como nunca había soltado. Al principio quedó un poco desconcertado al ver que su esfuerzo no había producido exactamente lo deseado. Pero luego comprendió que esa ventosidad también podía salvarle. Había sido un pedo de campeonato. El doctor tenía que haberlo oído.

El médico volvió la cabeza, y Arturo habría palidecido si no fuera porque ni su piel ni su cuerpo le respondían, cuando vio en la oreja del médico un enorme sonotone al que, a juzgar por los golpecitos que éste le daba, no le debían de andar muy bien las pilas.

“Ya está todo perdido”, se dijo a sí mismo, cuando de repente comenzó a vislumbrar una esperanza: el médico había comenzado a olfatear molesto haciendo grandes movimientos con su nariz. “¡Sí, señor! El pedo ha sido de campeonato y el olor no lo es menos. ¡Estoy salvado!”. El médico acercó su nariz a Arturo con una expresión de profundo desagrado. “¡Agg, Dios mío! ¡Vaya si está muerto, está empezando a descomponerse!”. Y Arturo supo que había perdido toda esperanza.

A través del pequeño recuadro de cristal del ataúd, Arturo podía contemplar la pequeña cúpula del crucero de una iglesia que reconoció como la de su barrio natal, San Gonzalo. Llevaba muchas horas así y ya casi había empezado a aceptar su destino, limitándose a sonreír y saludar a los parientes y amigos que desfilaban a través de su pequeña ventana de cristal, aunque éstos no percibieran ni un movimiento de sus labios ni un sonido de su boca, sino la permanente imagen de estreñido perpetuo que a Arturo se le había quedado.

“Hola, Papá. Hola Mamá… ¡Mamá, no llores tanto, que se te va a correr el rimel!…”

“Hombre, Antonio ¿qué pasa, colega? Bueno, no me mires así ¿has visto la cara que traes tú?…”

“¡Tita Mari! Pero si te has puesto silicona en los labios… Te debe de haber costado un pastón…”

“Joder, Vicente, cabrón, que me debes dos mil duros… ¡Eh, vuelve!, ¡no te vayas!”

“¡Susi! ¡Uau, qué escote! Acércate más al cristal… pero no llores mujer… Nunca quisiste que te echara un polvo ¿y ahora me lloras?…”

“¡Fernando, macho! Te veo destrozado ¿eh? Oye, dile a Vicente que vuelva, que me debe dinero el muy cabrito…”

“¡Conchi! ¿Serás zorra? ¿Qué, te divierte ver mi entierro? Ah, pero ¿estás llorando? Pues cuando te largaste aquella tarde no llorabas, cabrona…”

“Tío Joaquín, mecachis la mar, pero hombre… no hace falta que subas al primo para que me vea, que solo tiene diez años y ver un muerto puede ser un trauma para él… ¡Hijo de puta! ¿pues no se está riendo el mocoso?…”

“Abuela, pero por Dios, ¿qué hace usted aquí?, váyase a casa, mujer, que me parte el alma verla llorar así. Tío Joaquín, llévatela, no debiste haberla traído…”

“¡Hombre, Vicente! Has vuelto… ¿Y mis dos mil duros? ¿Qué? ¿Qué le estás diciendo a Fernando? ¿Que mira como tengo los ojos de desorbitados? ¿¡Tú te has visto los tuyos, tontolculo!? Que los tienes más saltones que un camaleón bizco… ¡Oye!, ¡¡¡¡oyeee!!!!”

“¡Trini! Vaya… Me alegro de verte, Trini. Estás muy guapa. ¡Si te has puesto las gafas! No llores, chati… Verás, quería decirte que… Bueno, la otra noche fue fantástica. Quiero que sepas que lo ocurrido no fue culpa tuya. Yo… yo lo hice por ti, ¿sabes?, quería que gozaras más y… Te echo mucho de menos, Trini. Y, ¿sabes?, me acuerdo constantemente de ti, me han tenido que hacer un ataúd más alto, porque el normal no podían cerrarlo. Trini, yo… ojalá hubiera podido decirte que… hey, ¿estás sonriendo? ¡Sí, estás sonriendo! ¿es que acaso puedes entenderme? ¿Eh? Ah, no… sonríes a alguien que está aquí detrás mía, ¿quién es? Ah, aquí llega… Pero… pero… ¡Vicente, cabrón! ¡Serás…! ¡No, no la abraces! ¡Ella no necesita tu consuelo…! ¡Vicente! ¡¡Vicenteee!!”

“La leche… no, si es que…¿Y éste quién es? ¡Coño, el cura! ¿Qué tiene en la mano, un sonajero? Ah, que es para echarme agua. Bueno, parece que por fin esto se acaba…”

“Ahora me quitan la tapa… ¿Se habrán dado cuenta de que estoy vivo y van a sacarme?… ¡Qué va! Aquí traen otra tapa pero sin cristal a la altura de la cara… La están poniendo encima mía… ¡Ay, que me tapan la luz! Pero… Eh… Ahora no veo nada. Está todo oscuro. Vaya… Bueno… ¿Cómo será mi agonía? ¿Sufriré? La verdad es que ya estoy más o menos acostumbrado a estar así… Pero no estoy acostumbrado a esta oscuridad… Está muy oscuro… Muy oscuro… Joder… La madre que parió a la doctora Vijande…”

28 de febrero de 2007  Cuentos