Córdoba en el cielo

En mi lugar de trabajo se ha celebrado un concurso de relatos en el cual participé con dos relatos. Ambos fueron finalistas, consiguiendo el 2º y 8º premio. Éste de aquí fue el que quedó 8º. Mi agradecimiento a Mina, Dorian, Chiqui, Rufo y Lluvia que me ayudaron con sus sugerencias a pulirlo.

Nota: todos los relatos debían comenzar por la frase “Fue su mirada la que me trajo los recuerdos de aquellos días”

Córdoba en el cielo

Fue su mirada la que me trajo los recuerdos de aquellos días.

Me quedé como hipnotizado, mirando la pantalla del televisor sin desviar los ojos de su mirada que, a pesar de estar dirigida a algo tan impersonal como el objetivo de una cámara, parecía que estaba dirigida expresamente a mí, como si ella me estuviera mirando fijamente mientras daba la noticia con el micrófono en la mano.

Su mirada, cálida y transparente, y sus ojos color avellana me catapultaron a una década atrás, cuando la conocí, y vi esa misma mirada suya dando una noticia, pero en aquella ocasión en directo, a sólo dos metros de mí.

Desvié entonces la vista del televisor, pero ella seguía grabada en mi retina, y comencé a recordar aquella mañana de hace diez años en que ocurrió algo maravilloso y que asombró al mundo.


Aquél lejano día, nuestro protagonista se levantó tarde, sobre las nueve o las diez, y notó que en la radio los habituales contertulios hablaban muy excitados, aunque al no prestarles atención no llegaba a saber sobre qué. Tras ducharse y afeitarse oyó cómo sonaba el teléfono. Lo descolgó y escuchó la voz de su madre, muy emocionada, que le decía:

- Dios mío, hijo ¿qué está pasando?

- ¿A qué te refieres, mamá?

- ¡Al cielo, claro! ¿No has visto el cielo?

Mientras escuchaba esas palabras, abrió las cortinas de su dormitorio y entonces lo vio, bajando el auricular del teléfono mientras su madre seguía hablándole sin que él pudiera oírle ya.

El espectáculo que tenía ante sus ojos era impresionante: Córdoba, la
ciudad
en la
que vivía, la
ciudad entera,
se veía reflejada
en el cielo.
Córdoba, la ciudad en la que vivía, la ciudad entera, se veía reflejada en el cielo.

Más que un reflejo, parecía una fotografía gigantesca, semitransparente, en la que podía reconocer perfectamente la ciudad: la Mezquita, el Puente Romano, el río, la judería… Era como una inmensa y majestuosa postal suspendida allá arriba.
Recordó que tenía a su madre al teléfono y volvió a acercarse el auricular para hablar con ella.

- Mamá… es impresionante… acabo de verlo…

- Es maravilloso, hijo, nunca había visto nada igual

- ¿Tú también lo ves? ¿En Granada?

- ¡Claro, hijo! La ciudad se ve preciosa ahí arriba.

- Pues… no sé… quizás se trate de un fenómeno meteorológico de la atmósfera que haga que la tierra se refleje y por eso ves Granada en el cielo…

- ¿Granada? No, hijo… ¡Yo estoy viendo Córdoba, como tú! ¡Todo el mundo está viendo Córdoba en el cielo!

Cuando salió a la calle comprobó que estaba llena de gente, todos mirando al cielo y señalando con el dedo, hablando en corrillos, unos exaltados y contentos, otros, los más, asustados.

Mientras caminaba hacia el centro iba escuchando la radio con unos auriculares, todas las emisoras hablaban de lo mismo: desde esa mañana la ciudad se veía sobre sus cabezas, y era algo visible desde una gran parte del mundo.

Con los primeros rayos de sol, y a pesar de no haber casi ninguna nube, el azul del cielo parecía tener una especia de manchas o líneas borrosas que conforme fueron avanzando las horas fueron mostrando que se trataba de una imagen cada vez más nítida de la ciudad, aunque sin llegar a perder esa especie de semitransparencia que hacía que siguiera viéndose azul.

Comenzaron a sucederse las llamadas a la radio, las televisiones, las autoridades, etc. Internet bullía de actividad. Los internautas cordobeses colgaban en sus páginas y en sus blogs o bitácoras personales fotografías del fenómeno y relatos de su asombro. Pero a las pocas horas un internauta de Sevilla puso una foto de Córdoba en el cielo tomada desde su propia casa en Triana. Luego fueron saliendo fotografías en páginas web de Almería, de Valencia, de Madrid, de Barcelona, de La Coruña, de Lyon, de Viena, de Tánger, de Atenas…

Córdoba se veía en el cielo de toda Europa y media África.

Por la tarde, el Presidente del Gobierno en persona ofreció una rueda de prensa para, primero, tranquilizar a los ciudadanos y, segundo, dar algunos datos del acontecimiento.

Dijo que, si bien se desconocía la naturaleza del fenómeno, era evidente que no representaba peligro alguno y que un numeroso grupo de científicos se había desplazado hasta la famosa ciudad para estudiarlo todo e intentar encontrar alguna respuesta.

Informó de que la otrora capital del Califato era visible en un radio de aproximadamente 3.000 Km., lo que la hacía visible desde Las Azores hasta Rumanía y desde Dinamarca hasta Nigeria.

Periodistas de medio mundo habían tomado sus calles. Los había en cada esquina, preguntando a la gente, informando para sus emisoras de radio o televisión… Nuestro joven amigo llegó hasta la plaza de la Corredera y se encontró con una unidad móvil de una cadena de televisión. Y ahí la vio a ella por primera vez. Y a sus ojos.

El brillo que había en sus ojos mientras relataba la noticia a la cámara refulgía con tanta belleza como la imagen de la ciudad sobre sus cabezas. Cuando pasó por detrás de la cámara y se detuvo a contemplarla, le pareció sentir como si ella le mirara fijamente en lugar de al objetivo mientras terminaba su crónica con un “…sin lugar a dudas, hoy, aquí, acaba de ocurrir algo maravilloso”.

Los periodistas terminaron su trabajo, recogieron sus cosas y desaparecieron calle arriba mientras él reanudaba su camino en dirección contraria.

El día fue pasando y con él la sucesión de teorías en los medios de comunicación y en las conversaciones de los bares y patios de vecinos. Reputados científicos hablaban de reflexión y refracción de la luz sin que la gente les mostrara mucha atención. Videntes y futurólogos hablaban de señal divina de que el fin del mundo estaba cerca. Políticos locales declamaban sobre las excelencias de su ciudad y calculaban los ingresos millonarios que la ciudad recibiría fruto de la mejor e inesperada campaña turística que jamás podían haber soñado. Dirigentes fanáticos de países árabes sostenían que era una señal mandada por Alá del renacimiento de Al-Andalus. Todos tenían su teoría…

A la hora de comer pasó cerca de una terraza de un bar y volvió a encontrarse con ella, sentada en una mesa, tomando una cerveza y una tapa y con un libro entre las manos: “La balsa de piedra”, de José Saramago.

Guiado por un impulso irrefrenable se acercó a ella y le dirigió unas palabras. Obtuvo una sonrisa por respuesta y una invitación a sentarse. El resto de horas del día fluyeron ya como en un sueño. A la cálida impresión de su mirada sumó ahora la de su voz, sus gestos y su risa. Se ofreció a hacer de cicerone para ella y recorrieron juntos toda la ciudad mientras ella recababa datos para su reportaje. Cenaron juntos y cuando la noche cayó sobre ellos, el murmullo de asombro se elevó con mayor intensidad en buena parte del mundo: Córdoba seguía viéndose en el cielo de noche, ahora iluminada, como una postal nocturna. Pero ahí seguía.

Pasaron cuatro días juntos sin separarse un instante. Cuatro días con Córdoba en el cielo de medio mundo. Cuatro días de locura personal y colectiva. La cuarta noche él le dijo a ella:

- Todo es más maravilloso desde que tú existes

- Yo no existo – le dijo ella amorosamente

- Claro que existes, estas aquí ¿no? ¿O es que eres un fruto de mi imaginación?

- No. Pero a lo mejor solo soy un fenómeno anómalo, como la ciudad en el cielo…

Y un largo beso puso fin a la conversación.

Pero el quinto día el cielo amaneció totalmente limpio. Sin rastro de nubes. Ni de la imagen de Córdoba. Y en el otro lado de la cama tampoco había rastro de ella. Fueron pasando las horas y mientras todo el mundo se preguntaba por qué había desaparecido el fenómeno de repente, sin haberse llegado a encontrar ninguna respuesta, él se preguntaba también por qué ella se había marchado antes de haber llegado a pedirle un teléfono o una dirección donde buscarla.

Pasaron los días y luego los meses. Nunca volvió a repetirse el fenómeno de ver la ciudad reflejada en el cielo ni a encontrarme con ella. Ni siquiera a través del televisor, donde se sentaba a devorar todos los boletines de noticias por si acaso aparecía ella dando una noticia.

Durante un tiempo intentó seguir alguna pista que le llevara hasta ella, pero la pista siempre se desvanecía. Poco a poco su mirada, su voz y su risa fueron quedando en su memoria como un frágil recuerdo, igual que la visión de una ciudad monumental en el cielo pasó a ser sólo un recuerdo para todo el mundo.

Diez años. No podía creer que había vuelto a verla, pero era cierto, hacía sólo unos instantes que la había visto en la televisión, informando desde el Vaticano con la Basílica de San Pedro al fondo. Con el mismo brillo en su mirada que hace diez años. Apoyé las manos en el marco de la ventana y seguí mirando a través de ella por encima de las casas de Córdoba: toda Roma se veía en el cielo.

18 de Febrero de 2008  Cuentos 
  • 1. RuFo  |  Febrero 18th, 2008 at 7:09 pm

    Fabuloso relato… me encantó entonces y me parece genial ahora.

  • 2. Esteban  |  Mayo 12th, 2008 at 5:00 pm

    Yo mire esos ojos tambien y Costa Rica se veia en el cielo…… Me gusto mucho .

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