La mirada de la luna

En mi lugar de trabajo se ha celebrado un concurso de relatos en el cual participé con dos relatos. Ambos fueron finalistas, consiguiendo el 2º y 8º premio. Éste de aquí fue el que quedó 2º.

Nota: todos los relatos debían comenzar por la frase “Fue su mirada la que me trajo los recuerdos de aquellos días”

La mirada de la luna

Fue su mirada la que me trajo los recuerdos de aquellos días. Sostenía aquel libro sobre el cine de Méliès en mis manos, abierto por aquella página con una gran fotografía de su película “Viaje a la luna” donde se veía una luna con rostro y unos ojos que miraban fijamente. Una mirada que me traspasaba.

Los recuerdos empezaron entonces a bullir en mi cabeza y mis días de infancia me envolvieron mientras seguía de pie en el pasillo de aquella librería. Cuando yo era pequeña tenía un cuento donde aparecía una gran luna en la mayoría de sus páginas. Un cuento que, sin que nadie lo supiera, había pintarrajeado con rotulador tachando todas las veces que aparecía la luna. Yo tenía 6 años. Y un pequeño secreto.

Una escena habitual era la que se daba algunos días por la noche. Yo estaba en el sofá, junto a mi padre, viendo la televisión y al ver que era tarde mi padre me mandaba cariñosamente a la cama. De nada servía que me quedara acurrucada junto a él, al final tenía que levantarme e irme para mi cuarto para que no se enfadara. Una vez, en lugar de ir a mi dormitorio fui al de mis padres y me eché en su cama, hasta que un rato después entró mi madre y dulcemente me recordó que ya era un poco mayor para dormir ahí. Aquella noche por supuesto que la pasé en mi habitación, pero lo que
no
supo nadie
es que lo
hice sentada
en el suelo
y apoyada en la
pared, temblando de miedo
lo que no supo nadie es que lo hice sentada en el suelo y apoyada en la pared, temblando de miedo y sin quitarle ojo al resplandor blanquecino que desprendía una espléndida luna llena y que entraba por mi balcón.

También recuerdo las tardes después del colegio. Me sentaba en la mesa del salón a hacer los deberes y enseguida me quedaba dormida. El sueño que no había disfrutado durante la noche me envolvía entonces dejando algo preocupada a mi madre que pensaba que dormía más de la cuenta.

Una tarde me despertó el ruido de la puerta. Escuché voces y reconocí la de mi tía Laura, hermana de mi madre. De pequeña siempre sentí una predilección especial por mi tía Laura. Era más joven que mi madre, estaba casada pero no tenía hijos y era como la hermana mayor que nunca tuve. Mi amiga, mi confidente. Me encantaba estar con tía Laura. Al reconocer su voz pegué un brinco y salí corriendo para el recibidor.

– ¡Tía Laura! – exclamé mientras me abrazaba a ella

– ¡Eh, guapísima! – dijo mientras me besaba- ¿Cómo está mi sobrina favorita?

– ¡Como que no tienes otra! – le espetó divertida mi madre…

– Es igual, aunque tuviera mil sobrinos, ésta sería mi favorita.

La arrastré de la mano hacia mi cuarto para enseñarle los últimos dibujos que había hecho en el colegio. Mi tía Laura siempre me animaba a que dibujara y a que diera rienda suelta a mi imaginación.

– Éste me encanta. Es un oso ¿verdad? Y éste… Es precioso. Una casa en el campo… los árboles… el sol tan amarillo… cada vez lo haces mejor, Marta. Cuando yo tenía tu edad no pintaba ni la mitad de bien que tú.

Seguimos pasando dibujos hasta llegar a uno en el que dijo:

– Y este es el mismo que el otro pero por la noche ¿verdad?. La misma casa, los árboles, el coche… Y las estrellas. Pero, Marta, se te ha olvidado pintar la luna. ¿No has pintado la luna?

Negué con la cabeza y desvié incomoda la mirada.

– No importa. ¿Sabes?, de todas formas es un dibujo muy bonito. ¿Me lo puedo quedar?

No quise contarle a mi tía lo que me pasaba, que las noches sin luna dormía plácidamente pero cuando había luna llena volvía a no pegar ojo. Una noche decidí cerrar mi balcón y echar la persiana, pero al rato entró mi madre, quien encendió la luz de mi habitación y me regañó por tenerlo cerrado alegando que hacía mucho calor, y lo abrió de par en par dejando a la vista una grandiosa y luminosa luna redonda que inundaba de luz media habitación mientras, en la otra media, entre penumbras, yo rompía a llorar asustada bajo las sábanas.

En otra ocasión que vino mi tía Laura a casa, me trajo un regalo: un cuento que había comprado para mí en una librería. Un rato después estábamos las dos recostadas en mi cama, mi tía leyéndolo en voz alta y yo escuchándola y siguiendo las ilustraciones:

– … y entonces Pedrito dijo que no iría porque tenía miedo. “¿Miedo de qué?” gritó el Mago Cararrana. “Del bosque”, dijo Pedrito, “está oscuro y puede haber lobos con unos dientes enormes”. “¿Y de eso tienes miedo?”, preguntó el mago “Yo nunca tengo miedo ¿y sabes por qué? Porque en mi corazón no hay sitio para él. Simplemente, tengo tanta maldad en él que no cabe ya nada más”…

En ese momento interrumpí su lectura y le pregunté:

– ¿Tú tienes miedo, tía Laura?

Mi tía dejó de leer y alzó la vista hacia mi ojos marrones rabiosos de curiosidad.

– Claro que sí, cariño. De muchas cosas. Es muy normal tener miedo.

– Pero, ¿de qué tienes miedo?

– Ya te he dicho que de muchas cosas. De que me hagan daño, de no hacerlo bien en mi trabajo, de que no me comprendan, de sentirme sola… ¿De qué tienes miedo tú?

Al principio guardé silencio, me daba vergüenza contarle mi secreto a mi tía Pero al final le dije con un hilo de voz:

– De la luna.

– ¿De la luna? – me dijo acariciándome los cabellos con dulzura- Pero, ¿por qué, corazón?

– No sé. Me da miedo.

– ¿Y todas las noches le tienes miedo?

– No. Sólo cuando es muy grande y da mucha luz. Cuando es así – y dibujé en el aire con el dedo – como un trozo de melón, no, porque es pequeña.

Mi tía dejó el cuento y me abrazó con gran ternura besándome en la frente.

– ¡Ay, ven aquí! ¿Sabes?, ninguno de nosotros tenemos el corazón tan pequeño como el mago del cuento. En un corazón grande siempre caben cosas nuevas: cariño, amor y también miedos. Pero muchos de esos miedos dejan de serlo cuando les hacemos frente. Yo conozco una fórmula mágica para dejar de tener miedo a la luna, pero no sé si debería contártela. Es un secreto…

– ¡Por favor, cuéntamelo! Prometo guardar el secreto.

– Mmm, no sé, no sé…

– ¡Lo prometo, lo prometo!

– Está bien, lo haré. Hay que esperar a un día que haya luna llena. Cuando eso ocurra, deberás cerrar los ojos y acercarte al balcón. Y en ese momento has de abrir mucho los ojos y mirarla fijamente. Sin pestañear. Intentando reconocer cada una de las manchas grises que tiene en su superficie. Y sentirás cómo un sentimiento de belleza y luz entra en tu interior. Entonces extiende los brazos, echa la cabeza hacia atrás, deja que la blanca luz de la luna te bañe y grita “¡luna, luna, luna!”. Y el miedo se irá definitivamente de tu corazón.

Aquello no me pareció muy buena idea y recuerdo que no dije nada, tan sólo le devolví a mi tía la mirada. Una mirada triste.
Un par de noches después había luna llena y mi balcón estaba abierto. Yo temblaba de miedo, como de costumbre en mi cama, pero me acordé de lo que me dijo tía Laura y decidí intentarlo. Me levanté de la cama y comencé a acercarme al balcón con los ojos cerrados. Estaba muy asustada. Intenté abrir los ojos pero no pude. En su lugar cerré rápidamente las hojas del balcón y me senté en el suelo, en el rincón más oscuro de la habitación, a llorar amargamente.

Pasaron unas semanas y mi tía Laura no había vuelto a aparecer por casa, lo cual era extraño. Una tarde escuché desde el pasillo cómo mi madre hablaba en el salón por teléfono con ella. Me dirigí al dormitorio de mis padres y descolgué con cuidado el otro teléfono para así oír parte de su conversación:

– ¡Laura! ¿Dónde estás? Hay mucho ruido…

– Estoy en el aeropuerto. Mi vuelo sale dentro de 20 minutos. Me voy una semana a Barcelona con una amiga mía.

– ¿A Barcelona? Pero… ¿No va Joaquín contigo?

– Ana, nos hemos separado. Quiero pasar unos días lejos de aquí.

– ¡Laura!

– Perdona que no te haya dicho nada. Te contaré cuando vuelva ¿vale? Por favor, si te llama no le digas dónde estoy.

– Laura, sabes que puedes contar conmigo pero creo que estás huyendo. ¿No crees que hay que hacer frente a los problemas, cara a cara?

– Pero… Ana… Tengo que dejarte. Dale un beso muy fuerte a Marta de mi parte ¿vale? Dile que le traeré algo de Barcelona. Te llamaré en un par de días.

– ¡Laura, Laura!

Y mi tía colgó

La siguiente vez que hubo luna llena decidí volver a intentarlo. Me incorporé de la cama, cerré los ojos y me situé frente al balcón. Me arrepentí y volví a esconderme bajo las sábanas. Me incorporé de nuevo. Cerré los ojos. Me acerqué al balcón y… abrí los ojos.

Me quedé inmóvil mirando una hermosa luna llena sin pestañear. Comencé a sonreír, sin perder de vista la luna. Mi respiración era cada vez más rápida y mi sonrisa más amplia. Cerré los ojos, eché la cabeza hacia atrás y extendí los brazos en cruz, exclamando:

– ¡Luna, luna, luna!

La luna me bañaba totalmente. Estaba rebosante de alegría. De pronto se encendió la luz del cuarto. Mis padres estaban en la puerta en pijama, alarmados por los gritos que había dado

– ¿Qué ocurre, Marta?

Me limité a señalar con el dedo la luna llena mostrando una sonrisa de felicidad. Mis padres se acercaron al balcón, junto a mí, y mi padre susurró mientras apagaba luz y se abraza a mi madre y ésta a mí:

– Verdaderamente, esta noche hay una luna preciosa

Los tres permanecimos juntos, bajo el marco del balcón y contemplando maravillados la luna llena más hermosa y grande que habíamos visto nunca, cuando escuché a mi madre decirle a mi padre:

– Que espectáculo más bonito. ¿Sabes? No entiendo cómo mi hermana Laura podía tenerle miedo a la luna cuando era pequeña…

18 de febrero de 2008  Cuentos