Mi(s) tío(s)

 sombrero.jpg

Hoy he recibido una triste noticia. Me ha llamado mi madre para decirme que mi tío Pepe (su hermano) había fallecido. Ayer ya me avisó con otra llamada: “el tito se está muriendo” y entonces supe que mi tío no volvería a mirarme con sus enormes ojos claros nunca más, como hizo por última vez hace 7 meses en la boda de su nieta.

Tíos y tías (contando a los consortes) he tenido 12. De los cuales aún viven ya solo 4. Pero en mi fuero interno yo siempre he sentido que tenía 2 tíos: mi tío Peté y mi tío Pepe. Si oía de boca de mis padres o mis hermanos la palabra “tito” pensaba en uno de ellos dos, quizás los más cercanos a mí, los que, por circunstancias, he visto con más frecuencia y he tratado más y, por tanto, a los que más cariño he tenido. De igual manera que, si oía o pensaba en la palabra “primos” los que primero me venían a la cabeza eran los hijos de uno y de otro, y el resto de primos me parecían más “desconocidos” o lejanos.

El primero de esos 2 tíos era mi tío Peté. Casado con la hermana de mi padre y padrino mío, siempre lo quise como a un segundo padre. Con él éramos casi vecinos cuando vivíamos en Córdoba, pasábamos las navidades aún cuando vivíamos ya en ciudades distintas y también veraneábamos algún año cuando yo era pequeño.

Mi tío Peté murió cuando yo estaba en el bachillerato, y fue la primera vez que experimenté el dolor de la pérdida de un familiar en mi vida. Una pérdida muy dolorosa. Camino de Córdoba, para asistir a su entierro, recuerdo que algo me carcomía: no había llorado. Desde que supe la noticia no había derramado ninguna lágrima por él y eso era algo por lo que me odiaba a mí mismo ¿cómo era posible?

Supongo que en el fondo no podía o quería creerlo o aceptarlo. Fue en la iglesia, cuando vi a mis primos y mi tía, sin él a su lado, frente a un ataúd de madera que no me decía nada, cuando rompí a llorar, y mi alma se sintió por fin reconfortada. No era
la
visión de
aquel ataúd lo
que me
emocionó. Fue su ausencia.
No era la visión de aquel ataúd lo que me emocionó. Fue su ausencia. El no verlo allí con su familia.

Poco a poco, como ese cuentagotas que es la visita de la Parca, fueron falleciendo algunos tíos y tías más, con los que tenía más o menos relación, hasta hoy, que mi “segundo” tito, a sus 83 años, se ha marchado también tras una larga enfermedad.

De todos los recuerdos que tengo de él, de mi tío Pepe, hay uno que se me ha quedado especialmente grabado. Cuando yo era un mozalbete, un verano, mi tío Pepe estuvo invitado en nuestro piso de la playa unos días y tenía la sana costumbre de levantarse muy temprano para salir “a andar”. Yo le dije que me vendría muy bien andar también y hacer ejercicio, pero que por pereza no lo hacía. Durante los días que mi tío estuvo allí, me levantaba  ¡a las 7 de la mañana! para que fuera a andar con él. Cada mañana maldecía para mis adentros haberle dicho nada, me parecía inhumano levantarme en vacaciones a esa hora, pero un rato después me alegraba un montón de ello.

La imagen de mi tío Pepe, caminando por delante mía con su sombrero de paja y sus ojos de color del mar y subiendo la impresionante cuesta de detrás del Majuelo mientras me regañaba por tener él, a pesar de ser “un viejo”, más brío y energías que yo, un chaval, es una imagen entrañable que me acompañará ya siempre. Mucho aprendí de aquellas caminatas, de su constancia, de su superación, de no dejarme en la cama por más que se lo pidiera cada mañana, de arrastrarme con él a conocer una visión hasta entonces desconocida del pueblo, con la quietud y el frescor de la brisa de la primera hora de la mañana.

Este verano, cuando esté allí, volveré a salir un día a recorrer aquella cuesta para encontrarme de nuevo con él, subiéndola delante mía, aunque cuando yo llegue arriba, al castillo de San Miguel, vea que él sigue subiendo hacia más arriba, donde se reunirá con algunos de mis otros tíos y tías y, algún día, con todos nosotros.

26 de Junio de 2008  Recuerdos