Recuerda que eres sólo un bloguero

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Dicho sea en el sentido más peyorativo que utilizó el gran Casciari: “bloguero, que sos un bloguero…” Cuando alguien pasa por una experiencia como la de este fin de semana, hay que saber agarrarse bien a algo fijo y seguro para que el vendaval, torrente (siempre temporal y efímero) no te arrastre hasta hacerte desaparecer. Desde el comienzo de los premios Bitácoras decidí tomármelo todo con mucha calma, sin grandes ilusiones y, por tanto, sin grandes aspavientos. Estoy (“estaba” quizás debería decir ya) acostumbrado a no ganar nada, en ningún concurso, torneo o sorteo; a, en todo caso, ser segundo quedándome perennemente a las puertas con palmaditas en la espalda de “tenías que haber ganado tú”.

Solo hablé de los premios al principio, con motivo de que nos habían escuchado a la hora de reclamar que existiera una categoría de humor (era una reivindicación del papel del humor que iba más allá de los premios) y no volví a hablar del tema hasta ya cerradas las votaciones, para divertirme con Flapa como creo que en ninguna otra categoría han hecho. Eso me sirvió, además, para asegurarme un buen rato en los premios, pues si ganaba Flapa, la amistad ya conseguida con ellos haría que disfrutara también mucho de ello.

Pero ya en el EBE era imposible no empezar a sentirse nervioso. La gente te para, te desea suerte, te ofrece todo su cariño y, con todo ello y sin quererlo, también su presión. Sin duda es más fácil perder en algo cuando la gente no espera tanto que ganes. El sábado por la tarde intenté echar una minisiesta reparadora en el hall del hotel pero no hacía mas que retorcerme en el sofá. Y cuando comenzaron los premios, al lado de mi hermana y rodeado, por detrás y por delante del resto del equipo del Pito Doble, sí, claro que estaba nervioso (de ese momento es la foto de Belagua que ilustra este post).

Llegó el  momento en que Arturo Paniagua anunció el premio al mejor blog de humor y en ese momento el tiempo se detuvo. Todo permanece ya en mi memoria como un sueño a cámara lenta: los logos y nombres de los tres nominados en la gran pantalla, los calurosos aplausos de toda la sala al decir nuestro nombre (en verdad fue de los más aplaudidos de la tarde), nuestro aplauso al oir el de flapa, en contraste con su propio y divertido auto-abucheo, y el momento en que Raúl Ordóñez dice: “El Pito Doble”.

Me levanté como un resorte. Como hicimos todos. Con los dos brazos hacia arriba y exclamando un simple “¡Sí!” Y salí corriendo para, lo primero, fundirme en un abrazo con Flapa en la persona de Caracolo. El mismo abrazo que él me habría dado a mí si hubiera sido al revés. Y entonces sí. Volví con mis compañeros y corrí hacia el escenario, con nuestra mascota en alto sintiendo cómo me seguían los demás. De la emoción pasé de largo de la bella azafata sin darle un beso siquiera (qué lamentable e imperdonable error) ni recoger el premio, dirigiéndome directamente hacia Raúl. Mi hermana me lo dio y entonces hubo que dirigir unas palabras a casi mil personas, la mayoría de las cuales habían vibrado con nosotros.

El discurso lo había dicho en mi cabeza varias veces durante los días anteriores. A veces con algunos cambios, pero lo importante que quería decir es lo que dije. Mi mayor miedo era que se me olvidara el nombre de alguno de mis compañeros a la hora de recitarlos, quería que estuvieran todos de forma bien clara.

No fue un momento perfecto.  No es que ningún pensamiento me empañara el instante, lo disfruté como es de rigor. Pero allí mismo, mientras hablaba, era consciente de que me faltaba algo. De que alguien, a pesar de estar presente en la sala, estaba ya en realidad a años luz. No podía evitar pensar (allí arriba, oculto bajo aquel manto de euforia y alegría) cómo habría sido aquello solo un año antes, con una mano apretando fuertemente la mía y mis labios los suyos. Tuve que recurrir a una idealizada e  irreal Elsa Pataky, para hacer la broma, por supuesto, y para enmascarar la dedicatoria que ya no podía y habría deseado en mis mejores sueños hacer.

Al bajar de allí lo hice aún en ese sueño en que me había embutido. Hay que vivirlo para entenderlo. Sorteé las felicitaciones de amigos y desconocidos y busqué el abrazo que había echado en falta. Pero no fue lo mismo. Volvimos a casa y nos cambiamos para la fiesta; de camino a ella, mientras iba en el coche sentí cómo esa sensación de ser un  sueño comenzaba a desvanecerse con gran rapidez y recordé la historia de los emperadores romanos que cuando volvían de una gran victoria y desfilaban ante los vítores del pueblo de Roma, se hacían acompañar por un esclavo que al tiempo que le sujetaba la corona de laurel sobre la cabeza le iba susurrando a la oreja “recuerda que eres sólo un hombre” para evitar que se creyeran un Dios. Me imaginaba entonces a mi sobrina, que iba detrás en el coche susurrándome “recuerda que eres sólo un bloguero”.

Sí, un bloguero, volviendo a lo que decía Hernán Casciari, ni siquiera un escritor, un periodista, o un artista.. un bloguero con todo lo que de vacío, insignificante e irreal tiene el término. Estoy de acuerdo con lo que dijo de que bloguero debe designar únicamente que utilizas una herramienta, pero que lo que eres es otra cosa, en función de lo que creas con dicha herramienta. El problema es que ni yo mismo lo sé, pues creo que soy aprendiz de muchas cosas sin ser de verdad maestro de ninguna: soy un aprendiz de escritor, aprendiz de poeta, aprendiz de humorista gráfico, aprendiz de fotógrafo… siempre un aprendiz.  (ya decía Chaplin que todos somos unos aficionados, la vida es tan corta que no da para más). Tal vez un aprendiz de cómico o de payaso, con esa carga, a veces peyorativa, pero siempre romántica del término. Podría ser tantas cosas que quizás por eso me tengo que quedar con ese término de “bloguero”que en realidad no dice nada.

Ganar un premio y que te feliciten no sirve para hacerte más grande o así te sientas (bueno, sí momentáneamente, pero es muy pasajero) . Sirve sobre todo para darte cuenta, pasada la cumbre del momento y el descenso a la normalidad, de cuán pequeño eres y de que tu vida sigue siendo la misma. Con tus mismos amigos, que te querían igual ya antes y que te siguen queriendo, recordándote si es preciso: “recuerda que eres sólo…”

Y eso sí que es un premio.

18 de noviembre de 2008  Reflexiones