El 28 de agosto de 1997 estuve en Linares. Fui con un amigo mío a una corrida de toros. Pero aquella tarde la corrida no era una corrida normal. En lo puramente taurino, la corrida causó decepción. Los diestros eran buenos y de renombre, pero los toros (los famosísimos Miuras) no hicieron honor a su legendaria divisa. Pero era, como digo, una tarde muy especial. 50 años atrás, en esa misma plaza, tal día como ése y a la misma hora, alguien (nunca sabré quién) estuvo sentado exactamente donde yo lo estaba y vio como un toro segaba la vida de, quizás, el más importante matador de todos los tiempos.
“Islero” (negro, bragado y entrepelado) y Manolete acabaron cada uno con la vida del otro entrando desde ese momento, los dos juntos, ya por siempre, en la leyenda y la memoria de todo un pueblo. Aquella tarde la muerte se vistió de aficionado (como diría luego Dominguín) pero el dolor y la conmoción se vistieron de luces, y el llanto se hizo sangre en la arena.
El mero hecho de estar allí, 50 años después, fue muy emocionante. Había algo mágico en el ambiente. Cuando al comienzo del paseíllo se depositaron flores en el sitio de la cogida, guardando los miles de personas que allí estábamos un minuto de silencio y la banda entonó el solemne pasodoble “Gloria a Manolete”, algo inexplicable bullía por mi interior y hacía de ese momento algo verdaderamente emotivo, de aquel lugar algo verdaderamente memorable, y de aquella experiencia algo verdaderamente entrañable.
Tal vez se estén preguntando que por qué les cuento todo esto. A lo mejor piensan que soy uno de esos “aficionados” obsesionados con el toreo igual que los hinchas de fútbol. Nada más lejos.
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