Cuentos desde La Magdalena (IV): El café

LA TAZA DE CAFÉ CON LECHE estaba frente a él, dibujando sobre el mantel blanco un círculo perfecto de color marrón claro. El resto de asientos de su mesa estaban vacíos y la gente, de pie entorno al buffet, no hacía más que mirar para todos lados, sin duda, forjándose una primera impresión de cada uno de los rostros desconocidos que les rodeaban. Instintivamente sus ojos fueron planeando de rostro en rostro, sobre todo los de las chicas, emitiendo un primer veredicto (en algunos casos inapelable) sobre su belleza o no y preguntándose si sería simpática, si estaría sola o si iría a su mismo curso. Tomó un sorbo de su café y abrió el paquete de magdalenas. “Ya veremos cómo empieza esto” se dijo tranquilamente.

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14 de diciembre de 2006  Cuentos, Recuerdos  Comentarios (1)

Érase una vez…

Érase una vez un buen estudiante. Era estudioso, deportista y tenía una motocicleta con su pegatina. El estudiante se levantaba de madrugada, estudiaba a fondo e iba al instituto para las clases. Exámenes, apuntes, problemas, deportes, salidas para ver a la novia y así toda la mañana. Por la tarde estudiaba y salía a tomarse algún cubata con sus amigos, gente como él…

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2 de diciembre de 2006  Cuentos  Comentarios (3)

Cuentos desde La Magdalena (III): Bajada

LA VIO BAJAR DELANTE DE SÍ, camino abajo hacia la entrada de la península, entre pinos y familias de domingueros que tomaban el sol sobre el césped de la Magdalena. Caminaba con luminosidad, tal y como él siempre recordaba habérselo visto hacer, con los brazos cruzados sobre la carpeta que oprimía contra su pecho, como si acabara de salir de clase de la facultad. Cerró los ojos y entonces la imaginó a pocos centímetros de él, mirándole con ternura mientras le escuchaba embelesada, el río sevillano corría a su espalda y la luz del atardecer hacía contrastar los tirantes de su vestido con sus hombros morenos. Abrió los ojos.

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20 de noviembre de 2006  Cuentos, Recuerdos  Comentarios (2)

Tu día de suerte

Eran las 4 de la tarde, Serafín abrió la puerta del portal de su casa y salió a la calle. Un pequeño escalofrío, blando y suave, comenzó a subir desde la planta de su pie derecho hasta arriba: había pisado uno de esos “regalos” marrones con que los chuchos obsequiaban a la ciudad. “¡Vaya!, dicen que esto trae suerte”, pensó plenamente ilusionado. Cuarenta minutos pasaron desde entonces hasta que se alejó de su portal; parecía que su novia Angelitas le había dado plantón. “Bueno, le habrá surgido algo importante”, razonó con un leve encogimiento de hombros. Y comenzó a andar, sin perder la sonrisa, hacia la biblioteca para estudiar.

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10 de noviembre de 2006  Cuentos  Comentarios (2)

Manolete

El 28 de agosto de 1997 estuve en Linares. Fui con un amigo mío a una corrida de toros. Pero aquella tarde la corrida no era una corrida normal. En lo puramente taurino, la corrida causó decepción. Los diestros eran buenos y de renombre, pero los toros (los famosísimos Miuras) no hicieron honor a su legendaria divisa. Pero era, como digo, una tarde muy especial. 50 años atrás, en esa misma plaza, tal día como ése y a la misma hora, alguien (nunca sabré quién) estuvo sentado exactamente donde yo lo estaba y vio como un toro segaba la vida de, quizás, el más importante matador de todos los tiempos.

“Islero” (negro, bragado y entrepelado) y Manolete acabaron cada uno con la vida del otro entrando desde ese momento, los dos juntos, ya por siempre, en la leyenda y la memoria de todo un pueblo. Aquella tarde la muerte se vistió de aficionado (como diría luego Dominguín) pero el dolor y la conmoción se vistieron de luces, y el llanto se hizo sangre en la arena.

El mero hecho de estar allí, 50 años después, fue muy emocionante. Había algo mágico en el ambiente. Cuando al comienzo del paseíllo se depositaron flores en el sitio de la cogida, guardando los miles de personas que allí estábamos un minuto de silencio y la banda entonó el solemne pasodoble “Gloria a Manolete”, algo inexplicable bullía por mi interior y hacía de ese momento algo verdaderamente emotivo, de aquel lugar algo verdaderamente memorable, y de aquella experiencia algo verdaderamente entrañable.

Tal vez se estén preguntando que por qué les cuento todo esto. A lo mejor piensan que soy uno de esos “aficionados” obsesionados con el toreo igual que los hinchas de fútbol. Nada más lejos.

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31 de octubre de 2006  Recuerdos  Comentarios (25)
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